domingo, 27 de noviembre de 2011

Capítulo I: El hombre de lila

Cuando Marco recibió la llamada, pegó un brinco y sus pies aterrizaron en las babuchas. Se incorporó con pereza, arrojando la manta al suelo. Se había vuelto a quedar dormido en el sofá, y le dolía el cuello. Había terminado Regreso al Futuro 2 y una voz de vendedor inmobiliario anunciaba un “discreto” audífono con forma de cucaracha.
No era normal –pero tampoco extraordinario– que le llamaran un jueves de madrugada: gajes del oficio.
– ¿Diga?
–Buenas noches, inspector.
– ¿Qué hay, Julia?
–Noticias: han encontrado a una mujer implicada posiblemente en los asesinatos.
Marco abrió los ojos.
– ¿Dónde está?
–Fue encontrada en un área de descanso cerca de Navacerrada. Por lo visto, mientras estaba en el baño, oyó unos gritos. Su novio estaba con alguien, y a ella le asustó la discusión tan fuerte que mantenían. Cuando se atrevió a salir, su novio ya no estaba; había cogido el coche y salido corriendo. Dice que lo seguía…
–Un Ford Sierra.
–Sí. Ahora están buscándolos a ambos.
–Pero ella, ¿dónde está?
–Aquí, con los compañeros– A Julia le tembló la voz.
– ¿Se ha encontrado algo?
–Nada de nada. O por lo menos nosotros no tenemos noticias aún. Huellas de zapatos, pero podrían ser de cualquiera. Con la lluvia de esta mañana… Lo que sí ha identificado es el coche.
–Vamos, que tenemos lo mismo de siempre. Voy para allá.
Colgó el auricular, tomó la cartera y fue a la comisaría. En efecto, se había formado de nuevo un gran revuelo. Todo estaba lleno de agentes de la Policía Local y Nacional. Los guardias civiles buscaban por los montes. Los esfuerzos de Felipe –Jefe para todos, incluso para sus hijas– por alejar a la prensa no tuvieron mucho éxito: alzaban micrófonos y grabadoras al aire mientras algunos compañeros intentaban impedirles el paso. Aún así, la mayoría de gente que podía verse era ajena a toda causa informativa que no fuera la propia: tantos curiosos se traducía en más presión de los medios.
–Mañana se volverá a armar una buena–suspiró Marco.
Dejó el Mercedes en una calle más tranquila y fue andando a la comisaría con las manos en los bolsillos y sintiendo cómo se acercaba una buena tormenta.
Dos meses atrás, dos chavales (P. Expósito y J. A. Pérez) salieron a tomar una copa. Iban primero a Pinto, a recoger a unos amigos, y luego a Madrid, pero no llegaron siquiera a la primera “etapa” de la Gran Noche. Acabaron perdidos por una carretera de la sierra, y al día siguiente un campesino encontró el coche en que viajaban –P. Expósito lo había cogido a sus padres sin permiso– en su huerta. Había chocado con el tocón de un árbol, y se encontraba en gran inclinación con un alambre de espino enredado en el morro.
Se buscó a los ocupantes del coche cuando encontraron restos de sangre en el vehículo: sangre de tipo A- y AB-. Uno de los chavales era AB-, y el otro B+.
En los frecuentes golpes que presentaba el coche, se encontró pintura de un Ford Sierra azul oscuro: un potente coche de los años ochenta.
A la semana siguiente, apareció un hombre muerto por asfixia en su cama. La ventana estaba rota; alguien había entrado en la habitación. Se supo la hora del suceso gracias a una cámara de seguridad que grabó cómo aparcaba junto a la casa el coche que buscaban, con matrícula robada.
Quien lo conducía se ocultaba bajo la capucha de un chaleco lila, y se encorvaba para protegerse de la copiosa lluvia que hacía aquel día. Su indumentaria le valió el apodo poco imaginativo de “el hombre de lila”. Su última víctima tenía un parentesco muy lejano con J. A. Pérez.
Hasta el momento era lo único que tenían, y Marco suplicó por que no fuera lo único, cansado de todo aquel embrollo. A veces se arrepentía de trabajar en la policía, pero ahora no había marcha atrás: estaba pagando el alquiler por una casa en la que ya había echado raíces y las letras que mes a mes iban llegando.
Ser una joven promesa de la policía a la hora de la verdad no significa nada. Mucho te quiero, perrito, pero pan poquito.
Se abrió paso entre la gente y entró en el edificio. Iba a ser una larga noche.

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