domingo, 22 de abril de 2012

Capítulo V: ¿Quién se acuerda de ti, Draco?


Draco, quien siempre se había tomado por un romántico, alejado de todo concepto mercantilista, se sorprendió analizando en un rincón del zulo que habitaba, los motivos por los que había accedido a ayudar.
No lo hacía por simpatía a su hermano, ni mucho menos por ser útil para aquella sociedad que le rechazaba, que le miraba por encima del hombro y le vigilaba en los supermercados por si se le ocurría huir sin pagar un roñoso brick de zumo para combatir las llagas que le salían en la boca.
Suficiente como para poder alejarse de aquello lo que quisiera. Empezaba a gustarle la idea de no depender de la heroína ni un segundo más. Había reducido su consumo en el último año, pero a veces, el cuerpo lo pedía y el cerebro no hacía nada por detenerle.
Lo vio en una película: quizás consiguiera ser uno de esos que un día va caminando por la calle y descubre a un pobre diablo que aún no ha abandonado las drogas. Un individuo renovado y más libre.
Salió del zulo dando un portazo. Había abandonado el viejo edificio de oficinas después del encontronazo del que le salvó Rodrigo, y se estableció cerca de allí, en un viejo local, cerrado mucho tiempo atrás. Le dolía la cabeza, quizás por sentir, por primera vez en años, que no estaba en su lugar.
Poco más recordaba, antes de perder el conocimiento. Allá donde se encontraba, estaba muy oscuro. Olía a humedad y heces, por lo que dedujo que cerca había una alcantarilla. En efecto, cuando sus ojos se habituaron a la escasa luz, que provenía de una trampilla en el techo, localizó una cañería que bajaba del techo y se introducía por una pared.
Poco más había en aquel sótano, aparte de una estantería vacía e hinchada hasta el absurdo por la humedad y una radio que alguien había estrellado contra la pared. Sus restos se encontraban esparcidos en un radio de dos metros.
Se arrastró, a gatas, hasta un rincón. Le dolía ahora más la cabeza. Quienquiera que le hubiese encerrado allí, no conocía el cloroformo. Le había asestado un garrotazo en la nuca. Tenía suerte de contarlo.
Se palpó la zona del golpe, y comprobó que el chichón le sangraba, y que tenía un buen tamaño. Se le vino a la mente un querubín sangrante, y la imagen debió de hacerle bastante gracia, ya que lanzó varias carcajadas guturales. Alguien arriba pataleó el suelo con desaprobación, pero Draco siguió riéndose hasta que quiso.
-¿Y ahora qué? ¿Quién se acuerda de ti, Draco?-se preguntó.
Trató de reconstruir sus últimas vivencias. Ya que estaba de nuevo en líos gracias a las movidas de su hermano, al menos que tuviera un motivo para darle varias collejas.
Abandonado el zulo, fue hasta la casa de Iñaki. Iñaki, otro vagabundo, víctima de la crisis, vivía en el barrio, y era el único que tenía un vehículo. Draco quería que Iñaki le prestara su vieja furgoneta, pero Iñaki debía de haberse ido a buscar chatarra.
Resignado a andar un poco más, llegó hasta la carretera y esperó el autobús. Por suerte contaba con unas monedas de su escaso capital. Unos años antes hubiera robado con tal de conseguir dinero, pero desde que salió de la cárcel se instauró en su mente el “vive y deja vivir”.
El autobús le dejó en el centro. El dolor de cabeza, lejos de remitir, aumentaba por momentos. A paso rápido llegó a una calle de tiendas y se puso a buscar con la mirada.
Pensó que aún tendría que andar más, y se puso en marcha murmurando y maldiciendo.
El Viejo Leroy estaba tirado ante un escaparate de Zara.
-Unos tanto y otros tan poco.
Como de costumbre, el Viejo Leroy vestía una vieja chaqueta vaquera y unos raídos pantalones que dejaban al descubierto la pierna más de lo deseado. Dormitaba con tal quietud que provocaba escalofríos ante la posibilidad de ser ya fiambre. Su vieja gorra, de publicidad de una media maratón, tenía una colección de monedas de dos y cinco céntimos, reinadas por la pareja de uno y dos euros.
No tenía un cartón como letrero porque no había encontrado quien le prestase un rotulador.
-Leroy. ¡Eh!, Viejo Leroy.
El Viejo se despertó y miró sin sorpresa a Draco. Abrió la boca, cubiertos los labios de una espesa barba blanca, y bostezó.
-¿Qué tal, chaval? ¿Y la novia?
-No hace falta que te rías de mí, Casanova.
-Seguro que no sabes quién es el tal Casanova.
-Pues no-se encogió de hombros.
-Ay, pobres gentes. Si siquiera tuviera algún libro para leer lo que otros no leen…
-No te pongas pesado, Viejo. Aquí tengo tu estúpido libro, pero antes dime lo que quiero oír. Y además, sí que leo, cuando tengo tiempo.
Draco dejó asomar por la chaqueta el lomo de un ejemplar de El Jugador.
-Callejón Salsipuedes, un almacén abandonado con un cartel en chino. Eso sí, quienes rondan por allí son más de aquí que los chulapos.
-Gracias, Leroy-dijo entregándole el libro.
El Viejo atrapó el tomo de pasta gastada, y se apresuró a metérselo en la chaqueta, como un niño esconde su mejor juguete ante el matón de turno.
Draco se encaminó hacia el callejón guiándose por la memoria. Apenas recordaba el lugar por su proximidad con un garito de droga.
El almacén, como dijo el Viejo, tenía un letrero escrito en chino, y fue el de un bazar cuyos dueños cerraron para montarlo en otro lado, beneficiándose de varias subvenciones. Los muros eran de ladrillo descubierto, de un desagradable tono amarillo.
La puerta estaba cerrada, y junto a ella, se encontraba el Ford Sierra.
“¡Bingo!” proclamó en su cabeza.
Con cautela, se acercó al lugar. El callejón estaba desierto, a excepción de un gato que montaba guardia sobre un cubo de basura.
El coche estaba vacío y en el almacén no se oía nada.
Para Draco se hizo patente el ambiente patético que se respiraba allí. Parecía que el almacén no resistiría la próxima llovizna sin que se cayese su techo de uralita. Llegó a preguntarse si el Viejo Leroy le habría engañado, pero al momento desechó la idea.
La puerta estaba cerrada con firmeza. Buscó algo alrededor para abrir la puerta.
La única basura que había por allí era cartón y botellas, nada que pudiera ayudar. Pensó en robar el Sierra y embestir la puerta, pero pronto se retractó: eso a Marco no le haría ninguna gracia.
Por suerte, el coche estaba ante un hueco donde había colocado un extractor de humos industrial, a unos dos metros y medio del suelo. Eso le bastaría.
Comprobó una vez más que no había nadie en el callejón y afinó el oído por si oía algo. Nada.
Tomó carrerilla y corrió hacia el coche. En dos saltos subió al techo. El corazón le golpeaba en el pecho y en las sienes. Empezó a sudar. Si en ese momento le pillaran in fraganti no podría alegar nada en su defensa.
Tuvo que doblarse bastante para alcanzar la pared, en un ángulo no muy apropiado. Se agarró al extractor, y a través de las palas forzó la vista.
El interior estaba muy oscuro. Apenas una luz que se filtraba por un trozo de uralita roto dejaba ver una estantería metálica.
Y entonces fue el golpe, inesperado y contundente, que le hizo perder el conocimiento. En esos últimos segundos de tránsito entre la lucidez al desmayo, sintió que caía hacia adelante, antes de que una mano desconocida le cogiese por el cuello de la chaqueta…

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